UNA EXCURSIÓN POR LA REPÚBLICA DOMINICANA.

La República Dominicana es uno de los países más atractivos del continente Americano y que mayor especialización ha mostrado frente al turismo, importante fuente de ingresos. Fué la primera ciudad de los conquistadores: La isla de la Española con su capital, Santo Domingo de Guzmán, como homenaje al padre del descubridor, Domenico Colombo. Entrada comercial a las Américas y tierra de los esclavizados y posteriormente extintos indios Tahínos. En la actualidad, la población es de diez millones y medio de habitantes.

En la comunidad dominicana de Limón, en Samaná, existe una cascada considerada como una de las más bellas del mundo, con una altura de 50 metros y una piscina natural en su base que nos incita al baño en un entorno caluroso. Su acceso es dificultoso, entre zonas sombrías de bosques y cultivos  tropicales, donde raramente alcanza el sol. El interés que suscitó en mí el lugar, me llevó a contratar la excursión en una de los dos únicas maneras de acceso: a pie y a caballo.

Mi ingenuidad me hizo pensar que esta actividad era programada desde algún tipo de instalación hípica, donde habría unos guías y unos medios proporcionados a la aventura que acabábamos de contratar. Es difícil despojarse de nuestra mentalidad de europeo y profesional de la equitación, en donde todo gira en torno al bienestar y respeto al caballo.

Una hora antes, el trasiego por la carretera de jacos cojitrancos, tristes y flacos, al trote y galope descoordinado, me llama la atención. Te das cuenta que no corresponde a la idea de una instalación hípica convencional, sino que los jóvenes residentes en la zona, los van recogiendo de los diferentes ranchos. Caballos muy dispares, grandes,  pequeños, tordos, castaños, overos, algunas llevan ya una hora y media de camino, que más tarde tendrán que transitar en sentido contrario. Las monturas, eso sí, llevan unas fundas con flecos cuidadosamente bordadas a mano, que denotan cierto estilo artístico, a la vez que ocultan el mal estado de la misma.

Ya en el lugar acordado, sorprende como los caballos se agolpan con sus responsables, apelotonados, empujándose entre ellos y si hace falta, metiendo codos para ocupar los mejores lugares, en un ambiente que se aproxima a la desesperación. No es nada personal entre ellos, todos se conocen, pero saben que a menudo hay más caballos que clientes y aquél que no logre montar a un turista, no cobra. Más tarde, hablas con ellos y te confirman que esta actividad es una parte muy importante de sus ingresos, en una región donde el trabajo y los recursos escasean.

Dos muchachas jóvenes, de tez negra,  luchan literalmente por no perder sus puestos y contactan visualmente con nosotros, intentan llegar a la rampa de subida, sus expresiones infunden más tranquilidad y bondad que en el resto. No transmiten odio, ni crispación, ni desesperación, sino todo lo contrario. Ambos montamos entre empujones y gritos de otros jinetes para llamar la atención y ser ellos los elegidos. Van a ser nuestras guías en las tres horas de duro camino, cuidando de nosotros, aportando datos interesantes del entorno y mostrando cierta sensibilidad ante el duro trabajo de los caballos.

El recorrido es dificultoso, muchos desniveles de subida y bajada. Caminos absolutamente inundados por agua, piedras y barro. Lugares oscuros, ceibas y cacaotales, con su frondosidad, se encargan de que el sol sea eclipsado a través de la densa vegetación tropical. Caballerías que a menudo se introducen hasta la rodilla y se les siente jadear por el gran esfuerzo que deben hacer.

Una hora y media cuesta llegar a una zona preparada para atar las caballerías y se continúa por unas escaleras descendentes andando. El esfuerzo merece la pena. Realmente se trata de unas incomparables cascadas, ocultas entre la exuberante vegetación que caen desde unos cincuenta metros. Agua limpia y fresca que nos brinda la oportunidad de un chapuzón que nos haga recuperarnos. Son la delicia de todos los turistas que acuden a diario a la zona, sospecho que no tanto por contemplarlas sino por retratarse y así ostentar la irrefutable prueba de tan atrevida proeza.

La vuelta resulta igual de dura o peor, hundiéndonos en el fango. Ahora, además del esfuerzo físico de los animales hay que añadir la fatiga acumulada, el sudor, los tropezones, la humedad y el barro que casi nos envuelve por el chapoteo.

Las dos muchachas que nos guían de las riendas nos confiesan que esta actividad les aporta un gran porcentaje de sus exiguos ingresos. Esto hace plantearse un complejo dilema. Para ellas es una manera digna de ganar un dinerillo. Pero los animales, posiblemente no sean de la misma opinión; transportadores de obesos turistas europeos y norteamericanos con poca o ninguna consideración hacia lo que les rodea. Quizá sea la auténtica lucha por lo necesario en zonas duras y con pocas expectativas, que desde nuestro sofá y nuestra cuenta corriente saneada de occidentales nos atrevemos a criticar y censurar, pero no siempre es fácil que la vida te funcione de manera confortable…

By | 2017-11-05T20:59:23+00:00 octubre 6th, 2017|A caballo por el mundo|0 Comments

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