MANCHA, GATO Y UN SUIZO “MEDIO LOCO”.

En esta ocasión queremos acercar una de las grandes proezas del mundo del caballo. Aunque es menos conocida en Europa, fue una prueba definitiva para la confirmación de la resistencia y rusticidad de la excepcional raza criolla argentina, hace ya casi 100 años.

Emilio Solanet es uno de los mayores tratantes de ganado a comienzos del siglo XX en el sur de Argentina, uno de los impulsores más reconocido, considerado el padre de la raza criolla. Suele traer con relativa frecuencia ganado mezclado de reses de carne y equinos a su finca de El Cardal, en Ayacucho, región situada en la extensa Pampa. Los caballos más interesantes se dedican a la doma y luego al trabajo. En Argentina, los criollos se emplean para todo, constituyendo la principal herramienta para casi cualquier trabajo. Desde labrar unos campos, hasta trasladar cántaros con leche, llevar al mercado lasgallinas en jaulas o repartir el correo en los lugares más recónditos. En una de estas remesas de animales, llegan dos criollos ariscos y difíciles de domar, pero que van centrándose con los años, resultando ser unos ejemplares robustos y fuertes.

Aimé Félix Tschiffely, posteriormente apodado como “el suizo medio loco”, personaje peculiar y con inquietudes de explorador o aventurero, aparece por Buenos Aires como profesor de educación física e inglés, además de jefe de estudios de el Colegio Inglés. Fue escritor con diferentes obras acerca de los gauchos de la Pampa y la crónica a caballo que relatamos. Casado con Violeta Hume, cantante de ópera. Se caracteriza por varias constantes: joven aventurero, profesor de origen suizo, obstinado e inexperto con los caballos. Con toda la naturalidad del mundo plantea al diario de “La Nación”, una idea que resulta descabellada a priori. Solicita dos caballos criollos con el fin de demostrar la rusticidad y resistencia que caracteriza a la raza, marchando hasta Nueva York. A pesar de la dificultad de la empresa, se comprometen a darle cobertura informativa y además lo ponen en contacto con Emilio Solanet, que no duda en venderle inicialmente dos de sus mejores caballos. Pero antes, decide que debe pasar una prueba, una marcha de varias días con sus noches. Tanto le sorprende a Solanet su resistencia, perseverancia e ignorancia como jinete, que decide regalárselos. Mancha, de capa blanca dominante con manchas alazanas y Gato, de pelaje gateado. Como dice un testigo, están ya fogueados en esto de las marchas, con sus 15 años, acostumbrados a vivir con la hierba de las praderas y el agua de los manantiales.

El 24 de abril de 1925, la expedición sale desde la Sociedad Rural Argentina en Buenos Aires, con la cobertura informativa del diario local “La Nación”. Se cuenta la anécdota de que a los pocos metros de la salida, Mancha suelta una alegría y el suizo cae al suelo, provocando la risa de los periodistas y curiosos que ya sentencian el desenlace infructuoso de esta aventura. Hasta pisar tierras peruanas, la prensa extranjera no empieza a ocuparse del fenómeno. En diferentes localidades mejicanas ya los esperaban considerándolos héroes prematuros, aunque sólo fuera por llegar hasta allí, asignándole una escolta personal debido a la tensa situación política del momento en el país. La distancia a recorrer era de 21.000 km, pero además, hay que atravesar en varias ocasiones la Cordillera de los Andes, llegando a alturas próximas a los 5.900 metros y temperaturas extremas de -18 Cº en el paso de “el Cóndor”, entre Potosí y Chaliapata (Bolivia). En la costa Peruana, tuvieron que recorrer el temible desierto de Matacaballo, de nombre un tanto inquietante. En Centroamérica cruza Costa Rica, el Salvador y Guatemala, países rotos y devastados por años de guerras civiles. A esto hay que añadir que en muchos tramos los caminos no existían o estaban enterrados en la nieve o la arena del desierto. El 20 de septiembre de 1928, están atravesando la Isla de Manhattan, llegando hasta City Hall donde son recibidos con todos los honores por el alcalde Sr. James Walker. Por la Quinta Avenida el tráfico es cortado para que transiten en dirección a Central Park, donde son alojados en el cuartel de la policía.

Tres años, cuatro meses y seis dias supone esta gesta de sufrimiento y condiciones extremas. El desarrollo tuvo lugar en 504 etapas a una media nada despreciable de 46,2 km por día. En donde cada cifra corresponde a un récord por parte del caballo; a distancia recorrida, a temperatura extrema, a altura sobre el nivel del mar… y algunas que no se pueden ponderar como la fatiga, el hambre y la sed.

Nada mejor que consultar el correo escrito durante la expedición de Tschiffely, para aproximarnos a la dificultad de la empresa.
“En Huarmey, el guía no pudo más, ni sus bestias. Los dos criollos Mancha y Gato se revolcaron, tomaron agua y después se volcaron al pasto con apetitos de leones. De Huarmey a Casma, 30 leguas, calores colosales ¡52 grados a la sombra! sin agua, ni forraje, arena, arena, arena. Los cascos se hundían permanentemente de 6 a 15 pulgadas en la arena candente”.

“Después de más de tres años y cinco meses, Aimé montado en Mancha, su fiel compañero (Gato tuvo que quedarse en la Ciudad de México al ser lastimado por la coz de una mula), logró la hazaña: al llegar a la Quinta Avenida de Nueva York llevaba en los cascos de su caballo criollo el polvo de veinte naciones atravesadas de punta a punta, en un trayecto más largo y rudo que el de ningún conquistador, y sobre su pecho, en moño blanco y celeste, bien ganados como una condecoración, los colores argentinos”.

El 20 de diciembre de 1928, los caballos y Aimé vuelven a Buenos Aires. Mancha y Gato permanecen en la finca de El Cardal, en la Pampa argentina, hasta sus muertes, con 40 y 36 años respectivamente. Tschiffely, se somete a una ligera operación de la que surgen complicaciones imprevistas y fallece en 1954 en Londres con 56 años. Más tarde, sus cenizas son extendidas en las mismas llanuras argentinas.

Marianne du Toit, aventurera, activista, escritora y fotógrafa sudafricana, repitió el viaje en 2004. Aunque mejoró el tiempo, cambió el recorrido y tuvo que sacrificar uno de los dos caballos que llevaba por anemia. Aún así, pasa a ser la segunda persona que culmina -pero no iguala- esta gesta.

Los animales, considerados héroes, fueron embalsamados para el Museo del Transporte de Lujan, a las afueras de Buenos Aires, donde les dedican toda una sección en la sala de Grandes Travesias. Un lugar muy recomendable con diferentes carruajes de distintas épocas, vehículos presidenciales estadounidenses, un Papamóvil o hasta el avión Plus Ultra, que cruzó por primera vez el Atlántico sur, donado por Alfonso XIII.

Gato y Mancha, caballos de extraordinaria robustez y fortaleza.

Como curiosidad, el 20 de septiembre es considerado en Argentina como el “Día Nacional del Caballo”, a petición del Senado y Cámara de los Diputados. Con este modesto homenaje, se intenta recordar la entrada a Nueva York, después de recorrer 21.000 km y atravesar de punta a punta 20 países americanos. Con estas líneas, vaya desde aquí también nuestro pequeño reconocimiento a una gesta jamás igualada y difícil de imaginar.

 

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By | 2018-02-18T21:12:40+00:00 febrero 18th, 2018|Pequeñas biografías, grandes personajes|0 Comments

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