LAS CARRERAS DE SIENA.

 

En la Toscana, una de las 20 regiones que conforman Italia, dos ciudades han rivalizado siempre: Siena y Florencia. Ambas, son referencias, en cuanto a cualquier manifestación de arte pura. Arquitectura, pintura, escultura…Donatello, Pinturicchio, Peruzzi, Miguel Angel.

Florencia, con su arte deslumbrante manifestado en aquellos viajeros que padecen el Síndrome de Stendhal. Galería de los Ufficci, la escultura de David, Santa María de Novella…

Siena, ciudad próxima con su maravillosa Piazza del Campo (Plaza del Campo), contruída en torno al año 1400 con la Fuente Gaia y la Torre del Mangia , que preside la ciudad. Se trata de una de las plazas más grandes de Italia, que alberga dos veces al año una peculiar competición ecuestre que atrae miles de personas de medio mundo.

El Palio de Siena o las carreras de caballos se vienen celebrando desde que se puso fin a la batalla de Montaperti o al peligro de la potencia florentina. En aquella época las celebraciones podían abarcar batallas simuladas, juegos de pelotas, justas o corridas de toros. El ganador recibe una simbólica bandera y originalmente un mantel de lana llamada palio, de hay el nombre de la carrera. Hay una mezcla de ritual iniciático, celebración popular y rivalidad entre contradas o distritos, diecisiete componen la ciudad -asentada sobre tres colinas-y que ostentan nombres curiosos y sorprendentes. Barrios de Erizo, Jirafa, Tortuga u Oca son algunos de ellos.

El dos de julio y dieciséis de agosto, respectivamente, tienen lugar las carreras. Un circuíto en torno a la plaza, más o menos oval y con la temida curva de San Martín que antiguamente se protegía con rudimentarios colchones de lana y hoy en día se asegura de una manera más profesional con material de PVC.

Un carro arrastrado por bueyes abre el paso transportando el palio. El orden de salida aparece en un listado que es secreto hasta el mismo inicio. Los jinetes deben participar sin monturas, lo que dificulta más la gesta. Deben completarse tres vueltas a la plaza. Aunque la carrera dura unos minutos, los festejos se alargan sobre tres días, con multitud de actos paralelos. Gana el primer caballo que cruce la meta, y digo caballo porque no importa si llega sólo -sin jinete- siempre y cuando sea el primero en llegar. El frenesí, el delirio de las masas te arrastra a gritar y a animar a todos los jinetes (fantinos), el jadeo de los animales, el sudor y la velocidad terminan por introducirte en esta especie de ceremonia o locura colectiva. Por desgracia, los accidentes no son raros. Las asociaciones protectoras de animales exigen desde hace años más respeto y seguridad para una fiesta única y peculiar donde el caballo es el verdadero protagonista.

 

 

 

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By | 2017-11-05T20:56:00+00:00 noviembre 5th, 2017|A caballo por el mundo|0 Comments

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