LA REVOLUCIÓN EN EL REJONEO; ANTONIO CAÑERO BAENA.

“Es un gran torero,
un gran caballista;
es un gran artista
Antonio Cañero”.

Antonio Cañero es reconocido como el impulsor y renovador del rejoneo, vinculado familiarmente al mundo del caballo. Su padre y primer profesor, fue comandante del Cuerpo de Equitación Militar. Tuvo dos hermanos. El mayor llamado Arturo, al igual que su predecesor, fue comandante profesor de equitación. El hermano pequeño, Manuel, con peor fortuna, fallece de manera fulminante a causa de una patada propinada por un caballo, que impacta en su corazón.

En 1885 nace en Córdoba, en el popular entorno de Puerta Osario, la ciudad de Julio Romero de Torres el pintor de aquellas mujeres fascinantes, de los califas del toreo con Machaquito, El Cordobés, Guerrita, Lagartijo y Manolete y residencia de los otros califas, los de la dinastía Omeya, procedentes de Damasco, que generaron la Córdoba árabe y su trazado urbanístico.

Por tradición familiar, aprende a montar en el picadero que regenta su padre y se forma para acceder a la carrera militar. Comienza a participar en concursos hípicos de salto, incluso a nivel internacional en Francia y Portugal. Los toros le atraen y decide entrenar el arte del toreo a caballo, debutando en sus primeras corridas de tipo benéfico. El 7 de enero de 1917, sufre su primera cornada en Córdoba con lesiones en el cuello y muslo derecho, su pronóstico llegó a ser tan grave que se le administra el viático. Recibe posteriormente una cornada en el vientre en Palma del Río y otra en la rodilla en San Roque. En 1918, asciende a capitán, centrándose más en su carrera militar. Pero tres años después decide volver a festivales benéficos. En Jerez, en Madrid a beneficio de los heridos del desastre de Annual, en Sevilla a favor de la Cruz Roja.

Antonio Cañero y la Bordó.

Yo nunca vi cosa igual.
En tu arte ¡monumental!
¡Nadie como tú, Cañero!”.

“¡Cañero! ¡Vaya un torero
de a caballo! ¡Es el primero!

El 2 de septiembre de 1923, tiene su debut profesional en San Sebastián. A pesar de que la temporada está muy avanzada, llega a torear veintitrés corridas más. Aquí va a imponer un verdadero cambio que supondrá la revolución del rejoneo. El establecimiento de una vestimenta tradicional y oficial: el llamado Traje corto y siempre tocado con su sombrero cordobés, aquél que es más alto de copa. Hasta ahora, el atuendo era a la Federica, el portugués. Cañero se viste del traje de campo de Andalucía, con zahones y se ciñe la cintura con un pañuelo de llamativos colores. Sus caballos son aparejados, igualmente, a la usanza de los vaqueros del sur de España.

Los que entendían, afirmaban que demostraba una perfección académica que combinaba con recortes y carreras menos solemnes pero más camperas, al fin y al cabo era lo que pretendía transmitir. Fue un jinete de campo de la Baja Andalucía, como diría Fernando Villalón, poeta, ganadero y hábil garrochista.

En 1924 llega a torear 60 corridas y en 1925 hasta 70. En 1928, salta el charco y torea en Méjico. Repite al siguiente año, visitando, además, Perú y Venezuela. En el 32 sufre una grave cogida en Barcelona y se retira de manera definitiva en el 35.

También hizo sus incursiones en el cine. Llegó a protagonizar hasta cinco películas: Sol y sombra (1922), de 29 minutos, donde se muestra la lidia en una plaza, se muestran las faenas del campo y existe un dilema amoroso entre él y dos mujeres. La tierra de los toros (1924), del que sólo existen recuperados tres minutos. Escenas donde entrena con un carretón improvisado a partir de una silla, la compra de un burro a unas gitanas y las imágenes de la Córdoba de la época. Ambas fueron rodadas bajo las órdenes de la francesa Jeanette Rocques, más conocida como “Musidora”, con la que se le atribuye un romance de varios años. Se sabe que grabó al menos otras tres cintas bajo la dirección de René Adorée, aunque se desconoce su ubicación.

Antonio Cañero siempre tenía una nutrida y bien entrenada cuadra de hasta veinticinco caballos. Montados y domados por él mismo y por su compañero retirado del ejército Francisco Velasco Arenas, Comandante de caballería perteneciente al Cuerpo de Alabarderos de Madrid. Galápago y Águila Blanca fueron dos de sus monturas más famosas, pero como olvidarse de aquella jaca alazana y espléndida, adquirida a la yeguada de D. Félix Suárez, con la que debutó en Burdeos, el 14 de junio de 1923 bautizándola con el gentilicio adaptado al andaluz, “La Bordó”. Aunque Cañero comenta una interesante anécdota sobre el origen del nombre. Su bautismo se llevó a cabo en las famosas bodegas de un gran amigo suyo. Los padrinos de la ceremonia fueron el Conde Lasuén y una amazona francesa de la que no consta el nombre. Trasladado hasta allí el caballo, se le permitió caminar con libertad absoluta, deteniéndose frente a un antiquísimo botellón de vino de Burdeos, marcado con el precio de 3.000 francos, parece que demostró profundos conocimientos acerca de la indudable calidad de su uva fermentada y sus recios taninos y es lo que decidió su nombre. Desde entonces no paró de torear. Se afirma que no tuvo una preparación especial, sino que la destreza y experiencia las fue adquiriendo a fuerza de repetir las suertes en las diferentes plazas. La Bordó falleció de una pulmonía en Francia.
En el Museo Taurino de Córdoba, centro cultural muy recomendable, se conserva la cabeza taxidermizada de esta jaca ya histórica.

En una entrevista concedida a la revista gráfica “El ruedo” en 1944 le preguntan:
¿Qué raza da mejores resultados?, a lo que contesta con rotundidad:
El caballo español y los cruzados. Los pura sangre no sirven.

El famoso crítico taurino de la época Gregorio Corrochano, relata como jaca y jinete caen al suelo una tarde de rejones en Córdoba. Antonio queda descubierto de frente al toro. La Bordó no lo piensa, se levanta y corta el paso al astado llevándolo a otros terrenos más propicios para el socorro y alivio de Cañero.

El 21 de febrero de 1952, con 67 años, una dolencia cardiaca termina con su vida en su finca la Viñuela. Cuatro caballos perfectamente enjaezados trasladan su cuerpo al cementerio de San Rafael en donde “no estaríamos más de veinte personas” según afirma un periodista de la época. El motivo es que la ciudad no le perdonó haber formado parte activa durante la Guerra Civil, como militar de carrera que era y líder del llamado “Escuadrón de Cañero o del amanecer” . Estaba compuesto por hábiles jinetes y garrochistas que recorrían las inmediaciones en labores de vigilancia y neutralización del enemigo. Aquel personaje icónico y querido quedó un tanto emborronado, a pesar de haber donado posteriormente unos terrenos para construir la barriada “Cañero”, levantada en los años 50, al sureste de la ciudad.

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By | 2018-12-24T22:40:11+00:00 diciembre 9th, 2018|Pequeñas biografías, grandes personajes|0 Comments

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