EL PRINCIPE BALTASAR CARLOS, A CABALLO.

Diego Velázquez (1599-1660), es sin duda el artista que mejor ha sabido retratar a reyes y a caballos. Nace en Sevilla, aunque sus abuelos sean portugueses. Adopta el apellido materno, costumbre muy arraigada por aquel entonces en Andalucía. Es el pintor de la corte con Felipe IV y autor de las obras más importantes de la historia del arte. Las Meninas, las Hilanderas, La rendición de Breda, La fragua de Vulcano, Baco o el Príncipe Baltasar Carlos a caballo, que hoy nos ocupa.

El hijo de Felipe IV, Baltasar Carlos (1629-1646) estaba destinado a ser el futuro rey de España. Era un heredero muy esperado a nivel político y familiar, pero la alegría de los padres que no duró mucho. Sueños rotos debido a su prematura muerte por la viruela en Zaragoza. Fue llevado en procesión hasta el altar mayor de la Seo de la capital aragonesa, para ser trasladado posteriormente al panteón de el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.

Reconozco que esta obra siempre me ha fascinado. Se trata de un lienzo de grandes proporciones, 209,5 cm por 174 cm. Creo que si juntase el tiempo empleado, durante sucesivas visitas, en la contemplación de esta obra y de otros retratos ecuestres, que comparten sala en el Museo del Prado, juntaría muchas horas.

Observemos al Príncipe, de rostro infantil, casi angelical (en el retrato, tenía unos 6 años), podríamos decir que todo está bañado en oro, de cabellos rubios como su madre. Sus ropas, el sol, la luz, el pelo… todo se encuentra inundado por tonos dorados, acordes a esta figura de la realeza. Como prueba evidente de su origen noble nos mira de manera serena, fija, segura y desde una posición alta. No olvidemos que la obra estaba concebida para colgarse en altura. En la derecha muestra orgulloso un báculo, el bastón de mando, que nos deja claro cuál será su futuro. Con todos estos mensajes o detalles referidos, nadie puede cuestionar que estamos ante un futuro rey, éste es el principal objetivo de un pintor; cada obra de arte no deja de ser un testimonio, equivalente a una fotografía. Al fondo a la izquierda puede identificarse la sierra del Hoyo y a la derecha, un detalle de la sierra de Guadarrama. Por lo tanto se sabe que el paisaje es real y está tomado desde los montes de El Pardo.

El caballo es un español de los que hoy denominamos barrocos. No olvidemos que Velázquez fue quien introdujo esta tendencia en los retratos ecuestres. Animales hipermétricos, extremidades cortas y finas y peso superior a la media. Brevilíneos, proporciones cortas. Posiblemente tenga que ver con los caballos que en el siglo XVII se importaron para mejorar nuestros productos, razas Normanda, Germánica y Napolitana, aunque este último dará como resultado el perfil de la cabeza acarnerado, convexo o cirtoide. Resulta un poco chocante, y fantástico por qué no, el hecho de que un niño de seis años maneje con semejante soltura un caballo de tal brío y energía.

Muestra una montura de picadero con pecho petral y correas que cuelgan por la grupa, denominadas gualdrapas que tienen doble función; la meramente ornamental y el evitar que salpique barro o tierra. La postura podría parecer una levada. Pero realmente, si observamos, una mano está adelantada por lo que es más bien un galope a mano izquierda. La tendencia de aquella época era pintar los galopes con ambos pies fijados en el suelo, lo que ha dado numerosos errores de interpretación. La composición hace que parezca que el conjunto caballo-jinete se salgan del lienzo, con un dinamismo y una actividad fuera de lo común.

El Príncipe Baltasar Carlos, a caballo.

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By | 2019-04-11T10:32:14+01:00 enero 29th, 2019|El Caballo y el Arte|0 Comments

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