CABALLERO, MUERTE Y DIABLO, DE ALBERTO DURERO.

 

El arte además de ser un placer a los sentidos, a los que nos consideramos curiosos, puede aportarnos muchos datos de cada época. En este caso, vamos a intentar indagar algo en uno de los grabados que más me atrae, tanto por su información simbológica como por la real.
En 1471 nace Alberto Durero en la ciudad alemana de Nuremberg, es hijo de un orfebre de origen húngaro y el tercer hijo de diecisiete. Desde joven ingresa en el taller paterno para adquirir el oficio. Tiene la suerte de vivir la mejor época del arte sin duda alguna; el Renacimiento, y la desgracia de afrontar años turbulentos entre guerras, hambrunas, plagas de peste que asolan Europa junto a los dilemas de corte religioso con la aparición del luteranismo.
Durero es retratista, grabador, cronista de acuarela y plumilla. Las obras nos legan conocimientos e informaciones de la época muy valiosos. Pintor de naturaleza viva y muerta, de animales reales y fantásticos. Me viene a la memoria aquel rinoceronte que pinta en 1515 llegado por barco a Lisboa el veinte de mayo, junto a un elefante, el cuidador hindú Osem e ingentes cantidades de arroz como dieta improvisada para estos animales. El destino final, un regalo al Papa León X y que posiblemente Durero no llegara a conocer, por fallecer a los pocos días el desdichado animal en la capital portuguesa, así que la falta de información debió ser suplida por imaginación. Más recientemente, José Saramago, retrató a su compañero de viaje –al paquidermo- en letras con su ácido e irónico humor que le caracteriza.
Caballero, muerte y diablo, 1513, no es el grabado a cobre más conocido del maestro Durero, pero resulta muy interesante para conocer el estilo de monta y la concepción del caballo de aquella época. La obra está compuesta por tres personajes, en el fondo un diablo compuesto de retazos de diferentes animales que simboliza la maldad y la tentación. En el plano intermedio se aprecia la muerte, fácilmente distinguible por llevar un reloj de arena que hace referencia a la frugalidad del tiempo (tempus fugit) y a un caballo exánime que da fuerza al contexto. Matar o ser matado puede ser el pensamiento. Abajo a la izquierda, un cartel donde firma el autor con el año de manufactura y una calavera que redunda en la idea del fin de la vida.

 


En primer plano, y es lo que más nos interesa, aparece un caballero perfectamente ataviado para la época. Por debajo, corretea un perro que es símbolo de fidelidad y lealtad. El caballo majestuoso, fibroso, lleno de energía, decisión, con la nuca bien alta y montado a doble rienda con un movimiento que denota más un trabajo de equitación de picadero. La embocadura de combate, ha ido modificándose con influencias árabe hasta el bocado vaquero. El herraje, perfecto con sus claveras, e incluso en la mano elevada podemos apreciar unas pequeñas muescas en el talón a modo de ramplones. La montura es la típica de guerra centroeuropea, similar a la actual portuguesa, que permite un anclaje perfecto ante los embates bélicos, donde la lucha cuerpo a cuerpo es la tónica. La posición obliga a estirar las piernas al máximo, creando el estilo italiano de la época: a la stradiatta. Para evitar desplazamientos de la silla, lleva pecho petral y baticola adornada por correas que recorren la grupa denominadas gualdrapa.
El jinete, bien erguido, orgulloso, jacarandoso, majestuoso en definitiva. Perfectamente pertrechado con la armadura de guerra y el yelmo en alto, lanza en ristre y espada de dos manos con la que proporcionar severos mandobles.

By | 2017-12-10T19:02:00+00:00 diciembre 1st, 2017|El Caballo y el Arte|0 Comments

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